lunes, 20 de enero de 2014

MERO AMA, SARITA BASNET






Sarita es una bellísima mujer de unos cuarenta años, (nosotras la llamamos madre, aquí todos se tratan como familiares aunque no se conozcan) y aunque lo más correcto sería que la llamáramos hermana, (yo voy a cumplir treinta y uno en unos meses) como los primeros días estaban sus hijos empezamos a llamarla madre y así se ha quedado…la verdad es que nos trata como a sus hijas…
Es una mujer bastante moderna comparada con el resto de por aquí y digamos que es bastante independiente. Es maestra, sabe algo de inglés (casi mejor que su marido) y es muy muy alegre.
Tengo una relación muy especial con ella, los primeros días sólo me atrevía a mirarla y a sonreírle, ahora poco a poco mantenemos conversaciones más o menos largas y profundas.
Le ayudo a cocinar y hacer algunas tareas, tenemos mucha complicidad y sólo con la mirada sé que está encantada con nuestra visita.
Hubo una tarde en la que Sarita estaba bastante triste, fue después de que nosotras pasáramos el fin de semana en Okhaldhunga, ella empezó a decirme que le dolía mucho la espalda y yo le di un ibuprofeno para el dolor. Sin saber porque se puso a llorar…
Me confesó que nos había echado mucho de menos, que había estado sola, que su marido se había ido a beber y no había aparecido en todo el fin de semana…Que estaba cansada y que él no le ayudaba en nada, que ya no aguantaba más…y desconsolada lloraba, repetía que ella se había casado con catorce años y desde entonces estaba cocinando y cuidado de él… que él tenia treinta cuando la desposó y que en Nepal no existía el amor…que no se querían…sólo se casaban...
Yo la escuché, sorprendida. Hasta ese momento pensaba que era una pareja modelo, es verdad que nunca había visto gestos de cariño. Pero sabía que era una cuestión cultural, repito que tenía la idea de que era una pareja moderna, ella trabajaba fuera, tenía estudios, sus hijas tenían edad de casarse y aún seguían estudiando…Pero con todo y con eso, apesar de su aparente felicidad…era una mujer insatisfecha, como cualquiera que yo pudiera conocer en España, con inquietudes…con más necesidades y deseos…¿Qué podía decirle yo?¿cómo podía ayudarle? Intenté preguntarle si lo había hablado con Kedar, si le había pedido ayuda…pero ella se negó. 
La abracé y pensé que mejor era no decirle nada.
Me fui a la cama desconcertada, la única manera de que me cuadrara el hecho de que los padres casaran a  los hijos sin que estos se conocieran y que esas parejas medio funcionasen era creyendo en que aquí la gente no se plantea ciertas cosas…pero que pueril por mi parte… 

¿O es que cuanto más te liberas de la tradición y más avanzas más insatisfecho te sientes?
En los siguientes días ella me buscaba continuamente con el tema, me preguntaba sobre mi novio y cómo se hacía en España. Yo le hablé de que poco a poco las cosas habían cambiado, que mis abuelos quizás vivieron algo más parecido a su realidad pero que hoy los hombres fregaban y cuidaban de la casa más o menos como las mujeres, y que a lo mejor estaba en sus manos hablar de esto con sus hijas y su hijo para provocar ese cambio… Ella asintió.




martes, 14 de enero de 2014

WARD 8 (Nalsu)




 Como me habían dicho, esas dos montañas a nuestras espaldas en Bimire tienen otra cara que da al norte, y allí está la guarda 8. Por suerte nos llevan en jeep hasta Nisanke y de allí el camino es más fácil, y podemos portear nuestras mochilas.
El camino es francamente bonito, ya no puedo ver el rio, pero hay otro valle y lo  que si puedo ver durante todo el camino es la cordillera del Everest, más de veinte picos se levantan nevados en el horizonte, aclarando y declarando ser el techo del mundo. 
Después de más de media hora andando, esta vez casi sin desnivel llegamos a mi casa. La casa de Kedar y Sarita Basnet.




En realidad son dos casas gemelas de dos plantas, enfrentadas la una a la otra, la principal en la que ellos viven, y la segunda en la que viviremos nosotras, junto a los animales.
La planta de debajo de la nuestra tiene la cocina y en la planta superior nuestra habitación, compartida, ni demasiado grande ni pequeña…lo justo. Forrada de papel de periódico y con telas en el techo.
Las camas son una estructura de madera con un par de jarapas a modo de colchón… “ummm que cómodo.”
La familia se compone de Sarita (la madre), Kedar (el padre) Surpriya y Anamica (dos hijas de veinte dos y veinte años) y Onil (el hijo menor de diecisiete).
 A demás hay una mujer octogenaria bastante loca, por lo visto medio sorda y con un ojo ciego, que se tira todo el día hablando sola y un hombre de unos cincuenta que trabaja como un burro en el campo, que  por lo visto son sirvientes…la familia que me acoge es de casta alta, el padre es político y la madre profesora.
Me entristece no encontrar niños, pero “mis hermanos adolescentes” son un alivio, porque saben bastante inglés y eso ayuda bastante a la comunicación, la pega esque sólo estarán con nosotros un par de semanas. Estudian en Katmandú, ahora están de vacaciones pero pronto partirán y ya no volveremos a verlos.
A mí, me ha tocado ésta casa porque se supone que es la que mejor suministro eléctrico tiene, yo necesito cargar la batería de la cámara y el portátil para poder trabajar, y luz durante el día para poder editar los video con el portátil. Y ésta creo que es la única casa que tiene placas solares que ofrecen luz durante el día y electricidad la suministro por la noche… hasta tienen  televisión! Vamos que aquí hay caché…
Mi compi de proyecto se llama Mikela, es italiana y es una aficionada a la fotografía… la verdad esque no es mi compañera ideal, a ella le gustaría estar en el proyecto de mujeres, no sé porque ha acabado aquí…pero aquí esta…de cualquier manera…
Ha venido con lo puesto, sin ordenador hasta sin pilas…es bastante lenta a la hora de trabajar y un rayo en la montaña, asique de entrada dejémoslo en que no tenemos una muy buena y ni siquiera fluida relación…
Los primeros días no tenemos mucho que hacer, nos los han dejado libres para que nos adaptemos y conozcamos nuestra nueva casa. A demás justo ahora son elecciones y la gente está muy nerviosa. Así que hacemos turismo cercano, conocemos la fuente a la que tenemos que ir a lavar la ropa, el grupo de amigos de nuestros “hermanos nepalíes”, algún vecino curioso que no deja de visitarnos…

EL DIA QUE LA MONTAÑA PUDO CONMIGO




A la vuelta del rio, yo empiezo a subir con mis compañeros. El camino es realmente inclinado y desde el principio me parece duro (que fácil se baja, pienso mientras sigo andando…cada vez más lento, cada vez más lejos del resto del grupo)…
Con nosotros viaja, para las primeras semanas “Diana” una mujer creo que americana de unos sesenta años que es sponsor del programa de desarrollo local, ella va equipada con dos palos de senderista y hasta ahora siempre había ido andando detrás de nosotros…hoy puedo ver cómo me adelanta mientras noto que algo no va bien…
Mi respiración empieza a ser tan fuerte que se me oye creo en todo el valle,“no puedo, no puedo”  dice una voz dentro de mi…Pero el camino sigue empinado, entre piedras, barrancos, no puedo apreciar ni la belleza del paisaje ni el placer de la naturaleza…
Mis compañeros maldicen el camino mientras bromean, pero yo no puedo seguir el ritmo, estoy sudando como nunca y sólo puedo ver que la senda sigue, más arriba, más allá…
Cada vez que parece que después de esa cuesta viene un llano, la maldita montaña me sorprende con otra cuesta aún más empinada, “debería parar y descansar”, pero quizá paremos ahora… “sí,  en esa sombra seguro que paramos…la gente también va cansada…” pero la gente no para, maldice, pero sigue adelante, bromea pero sigue…
Hasta que por fin, se apodera de mí un angustioso ataque de asma.
De repente no puedo controlar mi respiración y un sonido seco, profundo y ahogado emana de mi garganta sin saber muy bien de donde viene. Puedo notar todos los conductos cerrados y como no me llega el suficiente oxígeno, una vez, dos, tres, intento respirar pero no puedo controlarlo, otra vez, el sonido cada vez me das más miedo.
Intento tranquilizarme y tomar las riendas de la situación, pero no puedo. No hay nada que hacer, sólo dejar que mi cuerpo encuentre la manera, y si saber porque mis ojos están encharcados y si ya me es difícil respirar, ahora se mezcla con el intento de llorar, voy a “petar”…y no puedo hacer nada.
A mi alrededor mis compañeros se asustan y me esperan, recuerdo la cara de Iñaki y María asustados, uno me hace aire, la otra me quita la mochila, y  yo no puedo más que obedecer a las manos que me rodean y dejarme hacer, sin saber el que…
Ganesh  se hace cargo de la situación, manda a la gente a seguir con el camino y a mí me obliga a descansar y a respirar profundamente, María (la rubia) se queda conmigo, intenta tranquilizarme. Es una chica muy maja y con lo poco que nos conocemos puedo sentir que va a ser mi amiga sin problemas, ella ha venido al proyecto de “empoderamiento de la mujer” y tenemos varias cosas en común.
Me siento bien estando ella a mi lado y poco a poco me recupero y empiezo a respirar con normalidad…
Me acompañan el resto del camino, lento, obligándome a parar cada poco y sermoneándome sobre la cantidad de cigarrillos que fumo…tienen razón… Pero yo no puedo deshacerme del sentimiento agonioso de que esto me supera… Yel camino continúa hacia arriba, más largo, eterno…
Desde ese día, mi máxima preocupación será la montaña. El miedo se apodera de mi cada vez que tenemos que ir a un sitio nuevo, y la verdad es que a ratos me siento incómoda, “no quiero cambiarme de casa, no quiero ir a conocer nada, me da miedo…estoy en muy baja forma, debería dejar de fumar…”
En esos días debatí con bastante angustia conmigo misma sobre cómo enfrentarme a la situación, cualquier camino supone más de una hora por senderos de cabras montaña arriba, se supone que yo tengo que ir a grabar todo lo que mis compañeros hacen y no sé muy bien cómo voy a poder hacerlo…
Además, me han informado de que la casa en la que me alojaré está al otro lado de la montaña, allá  arriba…
“¿Y si me planto?”  Yo he venido a hacer un voluntariado cierto, pero no a sufrir…esto me puede… “¿pero que esperaba?...estoy en Nepal, sabía que hay montañas…”
Los días van pasando, desde la organización me animan a probar unos días y después decidir, y yo que tengo un orgullo estúpidono sé qué hacer con él. No me decido si esta es una situación a la que enfrentarse, o por la que no quiero pasar…
Mi estado anímico da saltos…mi madre y mi novio desde España me animan a seguir, siempre dentro de mis límites…
“Mis límites…¿los tengo?... ¿Cuáles son?...”
 Y llega el día de mudarme.

FIESTA EN EL RIO








Esta noche nos cambiamos de casa a la que será el destino de Solvay  (una jovencísima alemana súper independiente, pequeña y con el pelo lleno de rastas), que va a llevar un estudio sobre el almacenamiento de aguas para poder recolectar durante el periodo del monzón toda la que cada familia necesita para el resto del año. Y Els mi compi de cuarto por éstos días, que lleva un proyecto interesantísimo sobre la calidad del agua y se va dedicar a tomar muestras del agua para hacer cultivos y evaluar la calidad. 
Vamos a pasar sólo una noche, porque por el día bajaremos al rio y después volveremos a Bimire.
El camino como todos vuelve a ser abrupto y desconcertante, unos cuantos nos amontonamos en un jeep y a viajar. Otros lo hacen a pie…
Dentro del jeep me siento como en un documental, estamos en la parte trasera, de hierros cubiertos por una lona, tal cual aparece en las malas películas sobre misioneros de un domingo por la tarde, los niños corren detrás del jeep, sonriendo y saludando.


 El polvo que levantamos casi no permite ver el paisaje, que vuelven a ser acantilados y terrazas de cultivo. Se nota en el ambiente que estamos descendiendo, hay más vegetación, mas humedad…más calor.
Después de casi una hora llegamos a la casa. Hay un montón de gente que nos espera, músicos como en una película de Kusturica ensayan y amenizan la noche. La familia nos agasaja con mazorcas hechas al fuego, y bailes…

Es realmente divertido y me encanta. El roxi (licor que destilan en casa hecho a partir de mijo) empieza a correr por todos, y la gente baila descontrolada, haciendo movimientos extraños con las manos y los brazos que nosotros intentamos imitar sin mucha suerte.
Al día siguiente con el alba, la gente ya está en marcha, preparan cuerdas trenzadas y las adornan con flores  para la fiesta, nosotros corremos a ayudar.
Parece que las guirnaldas no tienen fin preparamos una tras otra y siguen apareciendo, “hay que preparar las suficientes para poder cruzar el rio con ellas” nos explican.


Una vez listo todo lo necesario, partimos en fila siguiendo el cortejo, parece una procesión encabezadala familia, los músicosy nosotros camino del rio.
Después de más de una hora descendiendo por la montaña llegamos. Yo me encuentro feliz en el campo y me viene a la mente cuando era niña he iba de acampada con los scouts, salto por delante y detrás del peregrinaje asombrada de mi adaptación y contenta, a mis espaldas se oye a gente quejarse, pero yo me siento orgullosa y adaptada…
En el rio la ceremonia se desarrolla, plantan cuatro árboles de buda en mitad del cauce que ya está seco, la gente se sienta alrededor y comienzan a repetir mantras que no entendemos, atan los árboles entre sí con hilo de algodón, queman hiervas, hacen cuencos con hojas y los llenan de dinero, flores y otras ofrendas…



Cada poco los músicos nos sorprenden con la misma melodía a veces desafinada a veces estridente.
Nosotros nos apartamos un poco del bullicio y vamos al rio, a mojarnos los pies y a relajarnos… “¡joder que fría está el agua!”
Empezamos a tener hambre y hacemos una escapada al otro lado del rio, nos han dicho que hay un puesto de mandarinas y una tiendecita, y siguiendo el rastro de basura y envoltorios llegamos a la casa de comidas.
Yo estoy alucinada, no podría ser más auténtico, es un chamizo, sucio y oscuro, con encanto. Nos aventuramos y pedimos un plato de somosas (una especie de empanadillas en forma triangular fritas)  muy ricas. Mientras reímos recordando aquello de lo que te advierten en todas las guías “…nunca comer comida en puestos de la calle…”
 Unos adolescentes que están enfrente de mí no paran de mirarme y empiezo a sentirme incómoda…pero muy probablemente es la primera vez que ven a una chica extranjera, así que me relajo y no le doy mucha importancia. Sigo escudriñando cada rincón del local con la mirada. Hasta que me cruzo  con los ojos de una señora mayor que busca asiento. Enseguida le hago señas y la invito a mi lado. Puedo ver como tarda una décima de segundo en pasar del asombro a estar conforme, y a cambio me ofrece una mandarina. Yo sólo puedo sonreírle y darle las gracias  “dannebat”.
En seguida oímos la voz de alguien de la organización que avenido a buscarnos, tenemos que regresar y se nota que no están muy contentos con nuestra escapada.
Así que volvemos, y al llegar al puente nos encontramos con que la fiesta sigue su curso y ya están cruzando con las guirnaldas de flores. Todo el mundo está contento, y colabora…nosotros también.
Una vez extendido todo, lanzan flores al agua y van recitando mantras hasta volver al otro lado.


Parece que ya todo está acabando y  nos sirven algo de comer, una especie de calabaza cocida, y como no podía ser de otra manera nos ponen la tika, y una pulsera de hilo de algodón que todavía hoy conservo.

lunes, 23 de diciembre de 2013

WARD 6 (Bimire)



Aquí definen Taluwa como un pueblo, pero para mí es un área bastante grande que va desde lo más bajo del valle, allá en el rio hasta lo alto de las montañas incluyendo las dos caras de las mismas. Supongo que para ubicarse han dividido la zona en nueve áreas que llaman wars (guardas), y el centro es la guarda 6, donde nos alojamos, que a su vez tiene nombre propio (Bimire...no sé exactamente como se escribe). Está será la casa donde van a vivir Carlo, un chico italiano y con un muy buen dominio de ingles, e Iñaki compañero murciano, y un tio con el que llevarse muy bien. Ellos se encargar'an del proyecto de juventud y van a enseñar ingles e informática a los jóvenes de la zona. (Son los que mas suerte van a tener, porque la oficina les queda al lado y tienen que andar poco...pero dicen que se aburren)

En realidad es un sitio precioso, orientado al sur, desde la casa se ve amanecer y anochecer, el rio y un amplio valle, es como un balcón franqueado por montañas.
La familia que nos aloja es realmente amable y muy curiosa, hay muchos niños que revolotean por todas partes, que entran y salen de las habitaciones sin pudor ninguno, ansiosos por ver tu móvil, tu cámara de fotos y el portátil. Hay adultos amables y atentos que trabajan a todas horas, y ancianos fuertes, de edad inclasificable que nos hacen de comer.

Me gusta y estoy feliz, es tal cual me lo había imaginado.

A unos diez minutos cuesta abajo está la escuela, el “centro médico” en el que lo único que pueden hacer es tomarte la tensión y el peso. Y unas oficinas de VIN que se usan para todo. Hay un grandioso árbol que da la bienvenida al recinto, magníficas vistas a los campos de arroz, las terrazas de cultivo y el valle.

Los días van pasando entre plannings, y visitas a la comunidad. Yo que tengo que cambiarme de casa en unos días y ya no quiero, me gusta esta casa, su ubicación y la familia. Me siento bien, pudiendo tener la compañía del resto de bidesis (así nos llaman a los extranjeros).

De la comida no hay mucho que decir, hay que acostumbrarse a ella y lo mejor es empezar cuanto antes, solemos despertar hacia las siete de la mañana, porque en la casa todo el mundo se pone en marcha, encienden la radio y los niños gritan…
Para esa hora ya se está sirviendo el té (chia lo llaman) que en esta casa es salado, como en el tibet nos explican. Es un té difícil de tomar pero con los días uno se va acostumbrando.

Hasta las nueve y media no se sirve el desayuno, y tampoco sabemos muy bien que hacer…leemos, intentamos hablar con ellos, algunos intentan ducharse…tomamos el sol, escuchamos música…
Y a la llamada de “khanaa khane” (comida comer) entramos a la cocina, nos descalzamos por supuesto antes de entrar y nos sentamos en una especie de jarapa de paja. No hay mesa, y menos sillas. La estancia que hace las veces de cocina y comedor es muy escueta, hay un agujero en el suelo donde se cocina, todo es de color tierra y una estantería sucia y llena de cacharros destartalados en un lado de la pared, en otro lateral unas escaleras imposibles por su estrechez e inclinación que suben a las habitaciones.


La comida siempre es la misma, la misma por la mañana, la misma que por la noche “dhal-baat” (un gran plato de arroz blanco, un cuenco con sopa de lentejas, y “tharkari” verduras, que suelen ser o espinacas, o un revuelto de algún vegetal todavía por determinar, con un trozo pequeño de patata)

Lo primero que piensas la primera vez que te sirven eso por la mañana es que te va a ser imposible acostumbrarte…” ¿en serio, no podría ser un café y ésto para comer?” Pero como ya he dicho antes y como me tocara decir muchas veces más… Con el paso de los días te vas acostumbrando y al final tu cuerpo te lo pide…”ummm, ¿dónde está mi dhalbaat?” me pregunta ahora todos las mañanas mi estómago.

domingo, 22 de diciembre de 2013

OKHALDHUNGA, NISANKE, Y FINALMENTE TALUWA.



A medio día por fin llegamos a Okhaldhunga, éste es el pueblo “grande”, en el que podemos pasar los fines de semana para distraernos, el que tiene tiendas, hoteles, bares…en fin, nuestro lugar de escapada.
El autobús para en un cruce de caminos, y la primera impresión realmente no es muy esperanzadora...cuatro casas destartaladas, caras poco amigables a nuestro alrededor, ruido y suciedad… a nuestra espalda hay un edificio de tres plantas donde hay un cartel que anuncia que es un hotel, no sé porque yo me había imaginado un hotel con vistas...aunque fuera al campo, algo pintoresco y bonito, y bueno pintoresco es…

El  “jefe” el que lleva la ong el señor Bhupendra, un tipo alegre aunque inquietante, que continuamente se arranca a bailar con los dedos índices apuntando al cielo, haciendo un movimiento a lo Leonardo Dantes con los brazos, y repitiendo una y otra vez la misma canción, nos enseña la pequeña “ciudad”.

Estamos en lo alto de una montaña y aparentemente no hay más casas que las que alcanzamos a ver, una calle sube unos ocho cientos metros, entre barro y desperdicios y algunas tiendas inclasificables a ambos lados. Otra calle baja, pero tampoco parece muy larga. (en los siguientes viajes por nuestra cuenta a 'este pueblo descubriremos que es bastante mas grande, y que hay vida mas allá de la plaza)
Para finalizar la visita, nos indica que allá a lo lejos entre otras colinas está Taluwa, nuestro destino final…pero yo no veo ninguna zona urbana.

Hacemos una incursión al baño del hotel, recogemos a una fugaz colaboradora de VIN, natural de éste pueblo, que sabe inglés, que va apoyar el  proyecto de sanidad...(y que no durará con nosotros ni dos semanas, pues no aguanta la “vida en el campo”) Y seguimos adelante.

Yo sentada en el bus, ya no me creo que falte una hora hasta Taluwa pero por una vez los datos son casi ciertos y en una hora tras bajar y subir, botar en el bus y tragar polvo llegamos a Nisanke (Taluwa) casi nuestro destino final.

El autobús entra en lo que voy a bautizar como “la plaza del pueblo”, que ni hay plaza ni pueblo… vuelve a ser otro cruce de caminos, y otras cuatro casas, todas de planta baja, coronado todo con un par de inmensos árboles alrededor de una balsa vacía.


Pero hay mucha gente esperando, somos la novedad y se nota, se siente la buena energía de la gente y mi humor empieza a cambiar.

Bajamos del bus y con una cadena humana desordenada empezamos a bajar bultos, hay un señor mayor nepalí que no se si va borracho o es el loco del pueblo, pero que con una amplia sonrisa y sin zapatos se abalanza sobre nosotros para ayudarnos a descargarlo todo.

El autobús parte, ya sin nosotros…y yo empiezo a inquietarme, “¿y ahora? ¿A dónde vamos?...”
Entramos a lo que parece una casa de comidas, las paredes están forradas de plásticos a cuadros azules y blancos, y nos sirven unos chowmins. La gente a nuestro alrededor se para y nos observa desde cerca, casi todos nos sonríen. Yo siento la necesidad de hablar con ellos, pero me es imposible decir más que un namasté, así que sonrío y sonrío y saludo, y ellos se rién…supongo que eso es empezar con buen pie.

La sorpresa llega cuando después de comer andamos un poco para conocer el lugar, camino hacia arriba a la izquierda de la montaña se levanta la cordillera del Everest, picos nevados imponentes y unas vistas preciosas, la verdad es muy bonito este sitio, se nota una energía distinta…Por fin el ambiente está más calmado, nos hacemos unas fotos haciendo el tonto… estamos cansados pero contentos, ya vemos el final del viaje y enserio, ¡me gusta este sitio!


Tras el parón de la comida y el relax, nos dicen que hemos de ir a la casa donde nos vamos a alojar todos juntos la primera semana, para ir adaptándonos y  poner en marcha los proyectos.
Mochila al hombro otra vez y un porteador con la maleta de ruedas me queda otra hora de camino hasta llegar a la casa (yo me obligo a tomármelo con filosofía y hecho andar, pero se oyen voces de mis compañeros disgustados “este viaje ¿no se va a acabar nunca?”.  Un jeep nos adelanta, cargado con los bultos de las donaciones de la ong, y de algunos sponsor que nos acompañan, a mí me empieza a salir humo de la cabeza…
La buena noticia es que todo el camino es cuesta abajo, así que aunque largo es llevadero. Y bonito. Bosques de pinos, casitas de adobe con techo de paja aisladas…animales por todos lados, búfalos, cabras, pollos… y el rio, un gran rio en el fondo del valle, la verdad es que esto empieza a parecerse a lo que me imaginaba. La temperatura es buena, hace calor y el paseo después de todo es agradable.
Respiro hondo y me siento feliz, “ya está ya he llegado, disfruta de esto” me digo y sonrio.


Después de mucho bajar en mitad de la carretera de tierra nos encontramos todos los bultos esparcidos y a nuestro coordinador esperando. Se llama Ganesh es un chico nepalí de unos veinticinco años, sabe inglés, ha venido con nosotros desde Katmandú y es un tipo de ciudad, para él esto es tan nuevo como para nosotros y está tan cansado y desorientado como el resto. Le llamamos “Ganeshin”, porque es pequeño y los primeros días parecía que no se enteraba de nada. Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero en verdad es más europeo que nepalí, ha crecido en Katmandú y nunca ha viajado fuera.


Nos organizamos otra vez para bajar los bultos a la casa, un caminillo estrecho de cabras y bastante pendiente, y otra vez…algunos se escaquean.

En la casa, nos esperan dos familias, en realidad son dos casas juntas y nos alojamos como podemos. Yo comparto cuarto con Els, una chica de Amsterdam, grandota, rubia y con cara de nórdica, algo “raruna” y que habla un inglés tan fluido y perfecto que nunca entiendo.